A propósito de las ideas y la militancia políticas de Jorge Abelardo Ramos

3/12/2008. Por Daniel V. González

El tramo final de la militancia política de Abelardo Ramos ha sido motivo de una fiera controversia entre muchos de los que habían sido sus seguidores durante décadas. Tras su muerte –es una lástima que no antes, con Ramos en vida- aparecieron varias notas, comentarios, pequeños ensayos y escritos diversos de censura y condena por el apoyo que, en los últimos años de su vida, Ramos le dio al gobierno de Carlos Saúl Menem.

Este respaldo ha sido calificado con dureza en muchos textos, sobre todo en los provenientes de algunos intelectuales o militantes políticos que estuvieron ligados a Ramos y a sus ideas a lo largo de muchos años de su dilatada trayectoria política. Las palabras “claudicación”, “deserción” e incluso “traición”, abundaron en esos textos en su mayoría extemporáneos. Otros, más piadosos, juzgan como un simple “error” esa decisión política. Hay quienes, incluso, dedican párrafos de amable condescendencia hacia lo que, entienden, se trató de una defección que juzgan que “en nada empaña el resto de su trayectoria”, a la que valoran con loas fervientes y reiteradas.

Para estos últimos, Ramos habría sufrido, en los últimos 5 años de su vida, una suerte de amnesia, en el mejor de los casos, o bien de oportunismo perdonable, que ellos, con magnanimidad, no vacilan en “disculparle” en nombre de su larga trayectoria de militancia anterior “en el campo nacional y popular”.

Casi nadie entabla, aunque sea tardíamente, un debate político franco y frontal acerca de si el Movimiento Patriótico de Liberación (MPL), partido que conducía Ramos, debió dar los pasos que dio: apoyar críticamente el gobierno de Menem y luego disolverse para confluir con el peronismo. Porque, hay que recordarlo, Ramos no estuvo solo durante esos años sino que fue acompañado por el grueso y los más importantes dirigentes del MPL que estuvieron de acuerdo en los pasos políticos dados por Ramos en apoyo a la presidencia de Carlos Menem.

Todos y cada uno de los críticos de Ramos omiten referirse a sus ideas políticas de los últimos años porque le parecen desopilantes, pro-imperialistas, entreguistas, por utilizar algunos de los calificativos a los que los más osados se atreven. A todos ellos les parece sumamente obvio que el gobierno de Carlos Menem representó “una entrega del país al imperialismo” y un abandono de los sagrados principios del nacionalismo económico que durante décadas había predicado Ramos y los partidos que sucesivamente él fundó y condujo.

De modo tal que las ideas políticas de Ramos de los últimos años no merecen siquiera ser consideradas y, por lo tanto, refutadas. Nada se dice sobre los motivos, aun supuestos, que llevaron a Ramos y al grueso de la militancia política del MPL a respaldar el gobierno de Menem e integrarlo en distintos ministerios, incluso desde algunos cargos de importancia. El propio Ramos, por ejemplo, fue embajador de Menem en México durante más de dos años. Otros militantes del MPL ocuparon destacados lugares en el ministerio del interior, de salud, de economía.

De modo tal que Jorge Abelardo Ramos fue acompañado por la casi totalidad de la dirigencia política de su movimiento durante aquellos años. Y la gran mayoría de esos dirigentes continuaron en el apoyo a Carlos Menem hasta el final de su mandato, a fines de 1999.

Para qué recordar aquellos años
Al repasar esos últimos años de militancia política de Abelardo Ramos, no estamos movidos por una pretensión de defensa de la “integridad revolucionaria” de Ramos, algo que resulta innecesario y que movería a risa al propio Abelardo, siempre ajeno a los purismos ideológicos y al congelamiento de cualquier sistema de ideas.

Tampoco tratamos de defenderlo de los ataques de quienes, con gran prudencia, se cuidaron muy bien de polemizar con él en vida y hoy discurren con soltura acerca de presuntas traiciones y claudicaciones.

Todo eso nos es ajeno: los textos y la acción política de Ramos no necesita de defensores. La lucha política supone pronunciamientos y tomas de posiciones cotidianas, ajustes permanentes, ensayo y error, correcciones y afinaciones. Si el político intenta actuar sobre una realidad viviente y por lo tanto movediza e inasible, el doctrinario o el historiador –más prudente y precavido- siempre acciona sobre la realidad disecada, por la que no circula ya la sangre que le confiere vida.

De esta comparación no debe deducirse, claro está, que la visión del político contemporáneo de los hechos sea más rudimentaria y la del historiador más científica y pulida. Que una sufra por las demanda de lo perentorio y la otra, más meditada, corrija esos naturales e inevitables desvíos y, con la perspectiva que otorga el tiempo, logre un dictamen más afinado y correcto. No, lo que decimos es que se trata de universos distintos, con distintas reglas y condicionamientos. Y también con distintas ambiciones.

Borges solía decir que resulta más difícil modificar el futuro que el pasado ya que nada hay más dócil que la Historia. Y es así: el análisis de los hechos del pasado omite casi siempre las circunstancias vívidas en que esos hechos se desenvolvieron, los torrentes de pasiones que los circundaron. Descontextualizados, los hechos de ayer son susceptibles de fáciles o interpretaciones, cómodas y desapegadas opiniones, livianas teorías.

Nos mueve, sí, el intento de reflexionar sobre la década de los noventa. Pero no para comprender o justificar si hicimos “lo correcto” quienes decimos que el gobierno de Carlos Menem debía ser respaldado y que Ramos hizo lo que había que hacer en esos años, sino para armarnos con ideas útiles para la acción política de estos días que corren y de los que vendrán.

Es el único sentido que tiene para los políticos la revisión de la Historia. Abandonamos a los historiadores profesionales todo otro divertimento que no resulte útil al análisis del presente.

El abandono del marxismo de los clásicos
Ramos ha vivido toda su vida metido en polémicas y en reproches por el abandono de posiciones anteriores. A lo largo de su vida, Ramos ha modificado varias veces sus posiciones políticas y sus puntos de vista sobre diversos aspectos históricos y políticos.

Su obra principal, por ejemplo, Revolución y contrarrevolución en la Argentina ha sido escrita varias veces, con agregados, quitas, ampliaciones, cambios de redacción, cambios de títulos en algún tomo, y otras modificaciones diversas. El primer intento, que contiene el núcleo central sobre el que luego se desarrolló toda la obra posterior, fue publicado cuando Ramos tenía 28 años, bajo el título de América Latina: un país. Basta repasarlo para ver que allí, por ejemplo, no considera Ramos la importancia de Julio A. Roca o bien la de José Gervasio de Artigas en la historia nacional, algo que incluye en las siguientes versiones. Pero sus tesis centrales ya estaban allí a la vista.

Ya en ese tiempo Ramos es objeto de la crítica de los que le reprochan el abandono de marxismo clásico. Todos los escritos de Milcíades Peña, por ejemplo, le reclamaban su falta de apego a los textos sagrados de Marx, Engels, Lenín y Trotsky. Estamos hablando de comienzos de los años sesenta y de la Revista Fichas de Investigación Económica y Social. Ya entonces el núcleo de la discusión era el peronismo y su progresividad histórica. Para la ortodoxia marxista, Perón era un enemigo de clase que engañaba a los trabajadores y los alejaba del socialismo, su verdadero destino histórico.

En general, toda la izquierda argentina denostaba a Ramos y a sus posiciones políticas desde el preciso instante en que éste decidió, ya en sus años jóvenes, apoyar a Perón y al peronismo. La ultra izquierda, porque no veía en Ramos rigor marxista y la izquierda de la Unión Democrática, que lo acusaba de fascismo, como a Perón.

Las distintas versiones del marxismo ortodoxo imputaban a Ramos oportunismo hacia el peronismo. El Partido Comunista no abrevaba tanto en los teóricos del marxismo sino que provenía de la ruda realpolitik: el PC argentino, fundado por el italiano Vittorio Codovilla, era una dependencia comercial y política del PC moscovita y reclutaba a sus militantes en la clase media más o menos intelectual de las grandes ciudades. En su gran cruzada universal contra el nazismo, el capítulo argentino suponía un enfrentamiento con Perón, en nombre de la libertad y la democracia universales. Su visión de los problemas argentinos era idéntica a la Historia Oficial, levemente corregida con un suave lenguaje marxista.

Los grupos trotskistas, por su parte, juzgaban a Perón como a un enemigo. Era un hombre de la burguesía. Apenas le concedían el beneficio del “bonapartismo”, categoría marxista que designa a los gobierno que arbitran por encima de las clases sociales, sin representar a ninguna en forma directa pero realizando la política de alguna de ellas.

En estos años Ramos elabora su pensamiento con un pie en el marxismo y otro en su vocación latinoamericanista. Encontraba al pensamiento de los fundadores del marxismo como insuficiente e inadecuado para el análisis de las sociedades atrasadas de América Latina. El marxismo era una ideología del siglo XIX, pensada desde la Europa desarrollada en medio del vigoroso nacimiento y afianzamiento del sistema capitalista mundial. La contradicción señalada por Marx, entre burguesía y proletariado, no encontraba referencias concretas en sociedades que todavía no se habían arrimado al desarrollo de la industria, característica del capitalismo.

Por estos años, Ramos se empeñaba en explicar que era preciso repensar el marxismo y adaptarlo a las necesidades y esperanzas de los pueblos de América Latina. Hablaba de un marxismo bolivariano. Proclamaba “unir el 17 de Octubre con Octubre del 17”, es decir, reelaborar las antiguas ideas europeas a la luz de las realidades y el espíritu locales.

Presentadas de un modo esquemáticos sus ideas, de esa época, eran éstas: Marx y Engels vivieron en las sociedades más avanzadas de su época: Alemania y, sobre todo, Inglaterra. Del estudio de estas sociedades nacieron sus teorías. Hacia fines del siglo XIX, al morir Marx, surge el fenómeno del imperialismo, fusión del capital industrial y el capital financiero. La contradicción que Marx consideraba explosiva, entre burguesía y proletariado, quedó postergada por el surgimiento de un nuevo y más importante enfrentamiento: el de los países imperialistas y los países coloniales y semi-coloniales. Los países centrales exportan sus manufacturas a las naciones atrasadas, de las que obtienen materias primas y alimentos. Se establece la división internacional del trabajo.

De modo tal que el marxismo, pensado para las metrópolis desarrolladas, carece de valor como instrumento para analizar las sociedades del Tercer Mundo. Marx y Engels habían previsto que el socialismo llegaría por saturación del capitalismo y que, en consecuencia, serían los países de la Europa desarrollada los que vivían la inminencia de una eclosión revolucionaria. Evidentemente, no fue esto lo que ocurrió sino que el socialismo estalló en el medio del atraso de Asia. Fue Rusia la que, insospechadamente, llegaba al socialismo de la mano de Lenin y Trotsky.

La convergencia del marxismo con las expresiones ideológicas y culturales de América Latina era lo que Ramos señalaba en cada discurso y en sus libros de estos años.

El abandono del marxismo
Pero años después Ramos abandona esta visión intelectualizada de la realidad nacional y del peronismo y avanza más en la elaboración de un lenguaje político que vinculara a su movimiento con el pueblo sobre el que aspiraba a actuar. En ese momento, el partido tiene uno de los desprendimientos más importantes y que Ramos más lamentó: el de Jorge Enea Spilimbergo, brillante intelectual que disintió con estos cambios en el discurso político y decidió fundar su propia agrupación.

Eran los tiempos en que el último tomo de su obra Revolución y Contrarrevolución en la Argentina cambió su nombre. En ediciones anteriores se denominaba “La era del bonapartismo” delicado título que respetaba la tradición marxista y la pulcritud semántica de los clásicos, pero que resultaba razonablemente ininteligible para el gran público. La adopción del nuevo nombre, “La era del peronismo” de algún modo reflejó un cambio sustancial en el lenguaje político de Ramos y el partido y simbolizaba quizá el abandono definitivo del discurso marxista anterior que, aunque “bolivariano”, estaba cargado con toda la panoplia de obsesiones juveniles que ya no tenía ninguna significación práctica mantener y que, por el contrario, los unía -a los ojos del pueblo- a la izquierda tradicional antiperonista.

Quienes criticaron y abandonaron a Ramos en esta etapa le reclamaban su distanciamiento del marxismo. Y tenían razón: lo había abandonado como instrumento constitutivo de su discurso político. Muchas veces Ramos se refirió a los que le reclamaban que haya tomado distancia de la reseca apelación a los fundadores del marxismo y a sus seguidores rusos. Solía recordar con una sonrisa que hacia comienzos de los setenta en Córdoba su partido imprimía afiches con el rostro de Lenin y en Tucumán se editaban, en fascículos, la obra de Isaac Deutcher sobre la vida de León Trotsky.

A medida que aparecía una nueva edición de su obra, Ramos le realizaba recortes en todo lo que tenía que ver con alusiones a la historia del pensamiento marxista, o de la Revolución Rusa, porque las consideraba innecesarias y pensaba que nada agregaban a lo que le importaba: explicar la historia de Argentina y América Latina.

Pero no sólo fueron Spilimbergo, Cangiano y su grupo los que le reprocharon a Ramos su abandono del marxismo. Un texto del historiador cordobés Roberto Ferrero insiste en el reclamo.

Para eso se remonta a un recuerdo de Leopoldo Markus, al quien califica como “destacado dirigente” de la Izquierda Nacional. Ferrero y Markus creen encontrar el origen de la presunta capitulación de Ramos en su progresivo abandono de la teoría marxista pues en algún día de 1981, Pablo Fontdevila “aseguró públicamente que ‘el FIP no es marxista’”. Pero en su investigación Ferrerno no se queda allí: “Gustavo Cangiano la fija (a la claudicación) en una fecha aún anterior: 1977, cuando Jorge A. Ramos impartió a la Mesa Ejecutiva del FIP la directiva de acabar con la ‘actitud discipular’ hacia los clásicos del marxismo, aconsejando estudiar en cambio a Jauretche, Scalabrini y en seguida, Ramos, Spilimbergo, Blas Alberti, Luis Rodríguez y Salvador Cabral”.

En esa recomendación de Ramos a favor de los maestros del nacionalismo popular local y el abandono de la lectura de los barbudos, estaría la clave de “la posterior traición” de Ramos. Es decir: al recomendar a los jóvenes compañeros que omitan la lectura de, por ejemplo, La crítica del Programa de Gotha, o bien El modo de producción asiático, o bien Un paso adelante, dos pasos atrás, y al recomendar en cambio la lectura del Manual de Zonceras, Revolución y Contra o la Historia del Socialismo en la Argentina, Ramos estaba desarmando a sus militantes y eso haría inevitable su futura “claudicación” ante Carlos Menem.

Todo esto resulta tan abstracto y desopilante, que jamás mereció la consideración seria del propio Ramos, que varias veces ironizó en público acerca de los reclamos de estos militantes por el abandono del marxismo que le imputaban.

Con la recuperación de Malvinas, el partido refuerza aún más los rasgos nacionalistas y latinoamericanistas de su propuesta. Y a partir de ahí, tras el inicio del proceso democrático y durante el gobierno de Raúl Alfonsín, las propuestas de Ramos y de su partido eran las de un nacionalismo popular y latinoamericano: energía en la defensa de la causa de Malvinas, rechazo al pago de la deuda externa, nacionalismo económico, expropiación de la banca, nacionalización del comercio exterior. En fin, el conjunto de las propuestas provenientes de la matriz ideológica de la posguerra, aunque actualizadas a las circunstancias históricas del momento.

La impensada derrota de la fórmula peronista en 1983 a manos de Alfonsín fue un duro golpe para Ramos y su partido. Resultaba inconcebible que el pueblo argentino, el conurbano bonaerense, la clase obrera nacional y popular, le hubiera dado el triunfo a la Unión Cívica Radical.

Luego llegaron las elecciones internas del justicialismo en 1988 en las que, de un modo inopinado e insólito al menos para las valoraciones que Ramos y su movimiento habían realizado, ganó Carlos Menem.

Y ahí empieza la historia a la que nos estamos refiriendo.

La revisión del nacionalismo inercial
El discurso de Ramos y el MPL estaba armado alrededor de los parámetros ideológicos del nacionalismo de posguerra. Se veía a Menem, con sus patillas y su porte evocador de Quiroga, como un restaurador auténtico de los valores olvidados del peronismo del ’45, pleno de nacionalismo económico bajo las fórmulas clásicas del Perón apenas asumido.
Pero no fue esto lo que ocurrió.

Por motivos y situaciones que más adelante intentaremos analizar, Menem tomó otro rumbo: privatizó la mayoría de las empresas públicas, desreguló la economía, abrió el comercio exterior, promovió la inversión extranjera, estableció un régimen monetario de convertibilidad.

Aún así, el grueso del partido con Ramos a la cabeza, decidió apoyarlo. Ramos fue nombrado embajador en México y diversos compañeros se incorporaron al estado, algunos en cargos relevantes, para participar activamente del proceso político en marcha.

Otros, en cambio, (y algunos de ellos muy valiosos) abandonaron el movimiento disconformes con la posición del partido. La mayoría, en cambio, estuvo de acuerdo y respaldó, algunos de ellos a regañadientes, las nuevas posiciones, que suponían, claro está, una nueva visión de la realidad política y económica de la Argentina. Algunos de los que en ese momento estuvieron de acuerdo y participaron con fervor del apoyo a Menem, posteriormente mudaron de posición y hoy miran con horror y vergüenza lo que hicieron y pensaron durante esa década. Hoy le reclaman a Ramos por el abandono de las posiciones tradicionales del nacionalismo en su versión del primer peronismo, puntos de vista que luego retomaron y aún sostienen y cuya continuidad creen ver en el actual gobierno de Néstor y Cristina Kirchner.

Enojados con Ramos
Volvamos a las críticas realizadas por los compañeros que se sintieron defraudados por los nuevos puntos de vista. Recorramos algunos de los trabajos publicados para hacernos una idea clara de lo que repudian y de lo que proponen.

El historiador cordobés Roberto Ferrero fue uno de los primeros y más duros críticos de Ramos, llegando inclusive a utilizar términos inadecuados e injustos, lindantes con el calificativo personal, para criticar a Ramos y a quienes adhirieron a sus posiciones en ese momento. Ferrero fue uno de los fundadores de la Izquierda Nacional en Córdoba, a comienzos de los sesenta, pero luego abandonó la militancia política y fue absorbido por sus tareas de historiador. Siempre sostuvo que sus ideas abrevaban en el ideario de Abelardo Ramos pero a lo largo de las décadas de su apartamiento de la militancia política, fue a menudo muy crítico de las posiciones políticas del FIP y el MPL, en muchos aspectos.

Ferrero ha publicado varios materiales críticos, muchas veces con el mal gusto de nominarlos como “homenajes”. En uno de ellos, titulado “La sombra de Ramos”, Ferrero llama a Ramos “el líder desertor”.

Dice:
“Ramos perdió la oportunidad de efectuar una gran renuncia y erigirse en uno de los jefes de la oposición nacional al menemismo, papel para el cual tenía los quilates y los méritos más que suficientes. La capitulación de Ramos recuerda patéticamente la del teórico ruso Jorge Plejanov, que toda su vida predicó la revolución proletaria para su patria y cuando ella al fin se produjo en octubre de 1917, la desconoció y la enfrentó acerbamente. La defección de este otro Jorge, como la del anterior, se encuadra en la categoría histórica que el historiador peronista Salvador Ferla denominó “del Líder Desertor”. Desertor de su destino. Se refiere a aquellos dirigentes políticos a los cuales la Historia –vale decir: el conjunto articulado de los acontecimientos precedentes- ha preparado para desempeñar un determinado rol, y que llegado el momento para asumirlo, reniegan de él…El esquema es aplicable a Ramos: cuando llega el momento de la traición menemista a la Revolución Nacional, él era el mejor preparado –por sus intachables antecedentes de patriota y revolucionario, por el respeto que le prodigaba el peronismo histórico y el conjunto del movimiento nacional, por su jerarquía intelectual y por su audacia política- para asumir el rol si no de jefe único, al meno de uno de los más importantes jefes de la Revolución Nacional”.

Y sigue en su temeraria presunción: “Si él hubiese tomado esa posición, se habría convertido en el centro aglutinador de una parte sustancial del movimiento nacional y popular, desconcertado y desorganizado por la entrega del peronismo menemista al imperialismo. Pero no supo o no quiso hacerlo…”

Bajo la forma de una alabanza al predicamento y la potencialidad aglutinadora de Ramos, Ferrero lo acusa de traidor, que al parecer es su verdadero objetivo, por razones que ignoramos y que abandonamos a ciencias distintas de la política.

Antes que nada, una acotación semántica: usar el término “deserción” para juzgar las conductas políticas de Ramos, constituye una actitud injusta, que va más allá de lo político y linda con el agravio. En otro material similar a éste, Ferrero dice, por ejemplo, que “Milcíades Peña es autor de una interpretación errónea y absurda de la historia argentina”. Ramos debió haber merecido, cuanto menos, la misma consideración. Que Ramos no haya valorado del mismo modo que Ferrero las políticas de Menem, no lo transforman en desertor de sus ideales ni de nada. Hay una distancia moral y ética enorme entre quien dedica su vida a la lucha política por su Patria y quien lo juzga con dureza, cómodamente instalado en su biblioteca, diez años después de muerto.

La comparación con Plejanov es ciertamente reveladora. Si Ramos es Plejanov… Ferrero, que lo amonesta desde “la posición correcta” ¿es Lenin? Pero esta comparación también es reveladora sobre el modo de razonar de Ferrero: en ninguno de sus trabajos analiza la política de los años de Menem, salvo con frases generales y clisés. En todos los casos, como en éste de Plejanov, se limita a juzgar los hechos políticos contemporáneos con algún parámetro rígido, elaborado hace décadas, que considera inconmovible. Y mide los hechos actuales según la distancia que guardan respecto de ese patrón mágico.

La visión que repite Ferrero acerca de la prédica partidaria sobre que, ante la claudicación de la conducción burguesa del movimiento nacional, las masas buscarían una conducción revolucionaria, etcétera, etcétera, había sido abandonada por Ramos y el movimiento hacía décadas, ante las evidencias de la realidad.

En su último discurso conocido, cuya desgrabación está en las páginas que siguen, dice Ramos:

“En el año ’45 planteamos lo que se llamó el “apoyo crítico”, apoyo crítico al peronismo. Porque como nosotros nos considerábamos los depositarios de la herencia revolucionaria de Occidente desde Spartacus de la Antigua Roma hasta Marx, aunque todavía teníamos la boca con la leche de mamá pero nos creíamos mucho, no íbamos a entrar al movimiento burgués ¿por qué? porque éramos los revolucionarios verdaderos. Esas eran las ideas de esa época, de que en un momento determinado Perón agotaba su ciclo y entrábamos nosotros y seguíamos para adelante, al socialismo. Esas eran un poco las ideas de nuestra generación hace cuarenta años.
El único que se acuerda de eso es mi maestro Cangiano. Pero es así, cuando uno vuelve a leer esas revistas que alguna vez las voy a traer, las tengo en Colonia, voy a traer todo eso y las hojeamos, porque es una manera de ver cómo fue la cosa.
Y es satisfactorio pensar que una gran parte de las cosas que dijimos todavía valen.
Y otras, no.”

Más críticas a Abelardo Ramos
Como ya dijimos, hay dos grupos principales de críticos a Ramos: lo que le cuestionan su abandono del marxismo y los que le critican su supuesto abandono del nacionalismo. Y algunos, por supuesto, le imputan ambas cosas.

En un pobrísimo aunque pretencioso libro, Honorio Díaz se suma con entusiasmo a los críticos de Ramos, e intenta encontrar una línea de continuidad entre el abandono del marxismo y el posterior apoyo a Carlos Menem. Para eso vuelve a la objeción de Cangiano según la cual existe un hecho gravísimo y revelador sobre la claudicación de Ramos: proponer que los militantes de su partido se formen con los textos de autores nacionales y no con los clásicos del marxismo.

Dice Díaz:
“Al progresivo desplazamiento desde el socialismo revolucionario hacia el nacionalismo democrático siguió después la más acelerada capitulación ante el menemismo, lo que implicaba el abandono del nacionalismo para incorporarse al neoliberalismo, fenómeno que resulta mucho más difícil de explicar en términos políticos”.

Y sigue diciendo:

“Simultáneamente la revolución nacional que antes predicara se alejaba con una velocidad similar a la que se acercaba al final de su existencia. Ramos disolvió su agrupación (Movimiento Patriótico de Liberación) pero murió días antes de su anunciado ingreso formal al justicialismo. Con facilidad puede vaticinarse que será recordado por su vasta obra y por su larga lucha que conforman un valioso legado, anterior al lamentable periplo Terminal de su trayectoria pública”.

El vaticinio de Díaz no es cumplido por el propio autor pues éste dedica toda la parte final de su libro (con la frase que transcribimos termina su trabajo) al “lamentable periplo” de Ramos. Pero hay algo que también se reitera en él: no hay ningún intento de explicar –en términos políticos- el apoyo de Ramos a Carlos Menem. Sugiere que se trata de una imposición de la biología pero no abunda en mayores explicaciones. La condena a Ramos es algo así, al parecer, como la del protagonista de El Proceso, de Kafka, donde el procesado jamás se entera de los motivos.

Pero Díaz, sin análisis alguno, va mucho más allá que otros autores pues dice que Ramos se incorporó al neoliberalismo. ¿Qué significa esto exactamente? ¿Apoyar las privatizaciones significa renunciar a la lucha por la unidad de América Latina? ¿Respaldar a Menem supone abdicar de las convicciones acerca de una economía que crezca y sirva de sustento a una mayor equidad social?

Al comentar el libro de Honorio Díaz, Osvaldo Calello reitera casi todos los argumentos de Cangiano. Ambos ya estaban distanciados de Ramos desde hacía muchos años imputándole centralmente su abandono del marxismo.

Dice Calello:

“… cuando en los años ’90 esas contradicciones habían estallado, y el peronismo en el gobierno había perdido toda progresividad mientras volvía sobre sus pasos, Ramos traicionó la teoría y la práctica que lo habían guiado a lo largo de cincuenta años, y decidió atar su suerte –y la de quienes lo seguían- a la de un régimen encaminado a destruir la obra histórica que arrancó en las jornadas de octubre de 1945”.

Calello no puede aceptar ningún ajuste político o ideológico a los primeros escritos de Ramos. Está congelado en el marxismo bolivariano y no acepta modificaciones a esos puntos de vista elaborados hace cuarenta o cincuenta años. Menem no destruyó la obra de Perón. Entre la caída de Perón y la asunción de Menem pasaron 35 años, tiempo suficiente como para que la estructura económica dejada en 1955 se haya desdibujado suficientemente como para impedir cualquier continuación como si nada hubiese pasado. No fue Menem quien destruyó las empresas públicas (núcleo central de los reproches del nacionalismo inercial). Al llegar Menem, las empresas públicas ya estaban muertas. Menem sólo reconoció el hecho y, al no poder el estado recuperarlas, las privatizó con resultados aceptables, al menos hasta el estallido de 2001.

Los reproches a un político acerca de sus cambios de posición son, definitivamente, ridículos. La política se construye sobre la resbaladiza coyuntura y las alianzas, rupturas, acercamientos, distanciamientos, gestos amistosos u hostiles, son el pan de cada día. Vivir congelados y enamorados de un listado de preceptos lustrosos sin preocuparse si ellos se deben ser revisados o no, es algo totalmente ajeno a un espíritu inquieto como el de Ramos.

Un pequeño detalle: el voto popular
Muchos de los críticos de Ramos omiten considerar un hecho esencial: al realizar las transformaciones económicas que realizó, Menem contó con el apoyo de la mayoría del pueblo argentino, expresado en las elecciones de 1989, 1991, 1993, 1994 y 1995, que le dio la reelección. Se solía argumentar que en 1989 la gente votó “engañada” por Menem porque éste prometió una cosa e hizo otra distinta. Pero en las elecciones posteriores, cuando ya se sabía qué era lo que Menem proponía y hacía, el pueblo argentino le confirmó su respaldo reiteradamente. Cierto es que el apoyo popular no obliga a que nos rindamos ante él. Pero uno no puede hacerse el distraído. Hay que dar una explicación al respecto. Hay que incluirlo en el análisis, por simple honestidad intelectual.

Justamente, los que toman distancia de Ramos porque éste se alejó del marxismo, no realizan ningún análisis sobre las clases sociales que apoyaron a Menem y las que lo rechazaron. Menem fue respaldado por los sectores más pobres de la sociedad argentina y por el grueso de los trabajadores del conurbano bonaerense. Y este apoyo fue reiterado varias veces.
Ferrero hace un intento de interpretación insólita acerca del apoyo popular que recibió Menem: lo adjudica a la política clientelista, al reparto de planes sociales (que, en realidad, comenzaron con Duhalde). No acepta un hecho que ha sido comprobado por todos los encuestadores y sociólogos, además de la constatación menos “científica” de quienes tienen más vecindad que Ferrero con la política: Menem fue apoyado por el grueso de los trabajadores, por los sectores más pobres y postergados de la sociedad. Ferrero no quiere ver este hecho que es evidente e irrefutable. Lo más honesto hubiera sido aceptarlo y tratar de explicarlo. Pero no: lo niega. Y es razonable: eso quiebra su esquemita teórico al que le resulta imposible introducirle modificación alguna sin que se caiga todo.

Probablemente los críticos de Menem y de Ramos consideren que no es éste un dato relevante, que el apoyo del pueblo no es importante o que, en todo caso “el pueblo se equivoca”, como suelen repetir los que no aprenden de los procesos políticos vivos. En todo caso, si el pueblo se equivocó al votar tantas veces a Menem, cabría preguntarse cuál hubiera sido “el voto correcto”. ¿A Chacho Alvarez? ¿A Jorge Altamira? ¿A quien?

El pueblo argentino, respaldó a Menem porque estaba de acuerdo con las transformaciones que éste realizaba. Y los militantes del MPL de ese momento pensaban y muchos continúan pensando hoy que esas transformaciones iban en el sentido correcto, en la dirección de las necesidades de Argentina en ese momento histórico concreto.

Creer que una posibilidad real era que Ramos rompiera con Menem y se transformara en uno de los líderes de la oposición, es no entender ese momento político. Ferrero potencia insólitamente las posibilidades de Ramos para hacer flagrante su presunta deserción: Ramos renuncia a ser el líder de la Revolución Nacional para sumarse a la contrarrevolución. Un delirio completo.

La oposición ya tenía lideres: Chacho Alvarez y José Octavio Bordón. La clase media antiperonista había elegido correctamente. Ramos y el MPL prefirió estar, en ese momento, con Menem y con el pueblo trabajador que lo apoyaba. Ferrero debería saber lo que todos los sociólogos luego confirmaron: los más pobres apoyaron a Menem, los trabajadores, los jubilados, el interior. Todos los postergados cuyo destino desvela a Ferrero, apoyaron a Menem casi hasta el final de su mandato. Y al apoyarlo, respaldaban las transformaciones que Menem realizaba. Allí estuvo Ramos y allí estuvo el MPL.

Más adelante Ferrero cita al teórico marxista Leopoldo Markus, (cuyas obras completas parecen estar agotadas pues han sido vanos nuestros esfuerzos por conseguirlas). Markus es de los que imputa a Ramos el abandono del marxismo. Ferrero, parece aún reivindicarse marxista y suscribe esta condena pero agrega la suya: “lo que es peor, el abandono del nacionalismo por parte de Ramos y su entorno, simultáneo del mismo abandono por parte del peronismo”.

Y aquí es donde nos adentramos al tema central de este trabajo.

El nacionalismo de la posguerra
Los hombres y mujeres de nuestra generación se han educado bajo el paradigma ideológico de la posguerra. Un sistema de ideas políticas y sobre todo económicas surgidas en varios lugares del planeta hace más de sesenta años. Ferrero transita los textos y acciones políticas de Ramos con las tablas sagradas de ese tiempo y denuesta a todo aquel que osa apartarse de ella pues constituyen la verdad revelada, el mandato secular que proviene del fondo de los tiempos, la fórmula mágica de la Revolución Nacional. Quien toma distancia de esos preceptos, más que un hereje es un traidor, un desertor.

Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial han pasado algunas cosas en el mundo: se formó la Unión Europea, sucumbió la Unión Soviética y con ella toda la ilusión del socialismo. China aporta la novedad reciente del crecimiento brutal de la mano de bolsones capitalistas que son los que le otorgan vida. Los países del Este de Europa se sumaron al bloque europeo conducido por Alemania y Francia. El progreso científico y tecnológico capitalista ha suprimido la distancia comunicacional, el mundo global es una verdad palpable.

Todos estos cambios, ¿no ameritan una revisión de los conceptos, supuestos y propuestas del nacionalismo del primer peronismo? Creemos que sí. Y el primero en revisar sus puntos de vista originarios fue el propio Perón. Los que critican a Ramos ¿han modificado alguno de sus puntos de vista de su antiguo discurso en función de las nuevas realidades? No se conoce ningún aporte, ni uno solo, que intente reelaborar en alguna dirección las ideas centrales del nacionalismo clásico de la posguerra.

El nacionalismo de la primera presidencia de Perón se fundó en las necesidades políticas y económicas del momento. Claro que abrevaban ideológicamente en los escritos del grupo FORJA e incluso del nacionalismo aristocrático, pero su fuerza esencial no provenía de su consistencia en el plano abstracto de las ideas sino de su aplicabilidad concreta a la realidad del momento. La sociedad argentina demandaba aquello que Perón le dio, y del modo en que lo hizo: creación de una industria, fortalecimiento del mercado interno, elecciones sin proscripciones ni condicionamientos, mayor equidad social.

La hegemonía británica en el Río de la Plata, que se había debilitado durante los años treinta, tras la Segunda Guerra Mundial, ya estaba en tren de desaparición. Los ingleses eran propietarios del principal y casi exclusivo medio de transporte de cargas y pasajeros de la época, los ferrocarriles y del principal medio de comunicación, los teléfonos. Pero habían dejado de invertir allí desde hacía rato. Y se trataba de dos sectores estratégicos que Argentina debía desarrollar para ponerlos a tono con los planes de crecimiento económico que tenía el gobierno.

Cabe recordar también que Argentina había salido fortalecida de la Segunda Guerra en razón de su neutralidad y de haber sido uno de los principales proveedores de alimentos a las potencias en conflicto. Sin deudas y con enormes saldos a favor en el comercio mundial, Argentina tenía excedentes económicos y financieros notables, que le permitieron encarar una política de crecimiento con gran impulso por parte del estado.

La nacionalización de los teléfonos y los ferrocarriles, la creación de una empresa naviera, la fabricación de acero y de tractores, automotores y motocicletas en Córdoba, los intentos de consolidar una fábrica de aviones, etcétera, fueron necesidades de un tiempo que, además, tenía un estado fuerte, con recursos, con planes y con decisión política.

Pero ya hacia el final del propio gobierno de Perón las cosas fueron cambiando. Agotados los saldos de guerra, sin la abundancia de los primeros años, la continuación de la política de nacionalismo económico debía redefinirse. Así lo entendió Perón que dio sobradas muestras de haber tomado nota del cambio de situación.

Cuando cambiaron las condiciones iniciales, Perón dio un giro a su gobierno. Ya no podía continuar realizándose la política de los años previos.

La realización del Congreso de la Productividad, en abril de 1955, el contrato con la Standard Oil de California para la extracción del petróleo, el intento de recomposición de las relaciones con Estados Unidos, el préstamos internacional tomado por SOMISA, fueron algunas de las medidas de reorientación tomadas por Perón, en los meses previos a su derrocamiento.

En el caso de Córdoba, donde el brigadier Juan Ignacio San Martín había impulsado un polo industrial alrededor de la Fábrica de Aviones, el cambio de políticas también fue importante. El estado ya no tendría la exclusividad de la producción de automóviles, se convocó a empresas transnacionales para que iniciaran la producción a gran escala y, de ese modo, complementaran la iniciativa estatal. Así llegaron Industrias Kaiser Argentinas (IKA) y luego FIAT, que se instalaron luego que Perón fue derrocado pero la negociación fue iniciada durante su gobierno.

¿Acaso Perón había traicionado su propio programa? De ningún modo, simplemente el cambio en la situación económica y política mundial (los grandes países ya estaban reconstruyendo su economía y restableciendo su influencia en los mercados mundiales) aconsejaban una reorientación. Además, también sobrevolaba la conciencia de que el esfuerzo estatal, si bien importante, no era suficiente para las necesidades del país de ese momento. Así fue con los automotores y con el petróleo. Inmediatamente Perón fue derrocado. La oposición de izquierda, por supuesto, condenó severamente los intentos de Perón por contratar a una empresa extranjera para extraer el petróleo que el desenvolvimiento industrial del país necesitaba.

El programa nacionalista
Por comodidad en el análisis muchas veces se adscribe las ideas del nacionalismo económico y también las del liberalismo a respectivas panoplias de instrumentos de política económica. Así, en líneas generales, al liberalismo siempre se lo relaciona con una prescindencia total del estado en la economía, con la vigencia irrestricta de las leyes del mercado y al nacionalismo con una fuerte participación, en todos los niveles, del estado, a través de regulaciones, emprendimientos empresariales, protección a la industria.

La simplificación llega a extremos de exageración caricaturesca cuando se pretende que la única vía de defensa del interés nacional consiste en un conjunto de medidas de política económica que resultan acertadas en cualquier circunstancia histórica. Y esto es afirmado tanto por los que adscriben al enfoque liberal como por los que adhieren al nacionalismo económico.

En el caso de nuestro país y de gran parte de América Latina, hijos del paradigma ideológico de la posguerra, se pretende que el esquema impulsado por Perón durante sus primeros años de gobierno mantiene aún hoy su vigencia intacta y que quien plantea sus dudas y diferencias o bien alerta sobre algunas obsolescencias, es un traidor a la patria y está al servicio del oro imperial.

¿Cuáles son estas ideas económicas? Se asientan en tres o cuatro conceptos básicos:

Gran desarrollo del estado empresario. Proliferación de empresas públicas.
Medidas de protección arancelaria para preservar y desarrollar la industria local.
Nacionalización del comercio exterior.
Nacionalización de los depósitos bancarios. Todos los bancos operan por cuenta y orden del Banco Central.
Control de precios.
Control de cambios.
Múltiples regulaciones de la economía.
Rechazo al las inversiones extranjeras.
A simple vista puede verse que el tiempo se ha devorado ya una gran cantidad de estos principios básicos que quizá fueron muy útiles en otro tiempo que, en las circunstancias actuales, ya carecen de sentido.

Son muy pocos los que reivindican, por ejemplo, que el estado debe ejercer el monopolio del comercio exterior, o que debe haber un control de cambio rígido por parte del estado. Igual sucede con el sistema financiero. Incluso, con el paso de los años, hemos visto que el control de precios es una medida precaria y que puede resultar exitosa por breves períodos de tiempo pero que es totalmente ineficaz para el largo plazo.

Con la protección a la industria sucede algo similar. Éste es el camino que han elegido para dar sus primeros pasos en la industrialización todos los países que hoy son desarrollados. Algunos de ellos aún hoy mantienen fuertes niveles de protección arancelaria o para-arancelaria para continuar defendiendo a sus industrias de la competencia extranjera. Pero en el caso de nuestro país, y tras largos períodos de protección, nuestros industriales no han logrado –en muchos rubros- un gran desarrollo y consolidación de sus emprendimientos y viven reclamando más y mayor protección a los sucesivos gobiernos. Si bien sigue siendo un instrumento útil, la protección arancelaria demanda aplicaciones específicas y planificadas, además de una compatibilización con la política de formación de bloques comerciales como el MERCOSUR.

En los últimos tiempos se ha revalorizado el rol y la importancia de la empresa pública. De algún modo se ignora la historia previa que desembocó en la necesidad de las privatizaciones. Es bueno recordar el deterioro que sufrieron las empresas del estado, por los motivos que fuere, a lo largo de las décadas posteriores a 1955. Todos los gobiernos, de un modo u otro, contribuyeron a su deterioro creciente, de mil maneras:

Llenándolas de personal innecesario (YPF, al momento de su privatización contaba con 55.000 empleados cuando los necesarios para su funcionamiento eran 5.000).
Saboteando su actividad productiva y comercial.
Cediendo los mejores negocios a los contratistas, que se enriquecieron a costa del estado.
Reduciendo la inversión al mínimo y, de ese modo, tornándolas ineficientes.
Las empresas públicas estaban muy lejos de ser “las joyas de la abuela” al momento de su privatización. Estaban exhaustas por el deterioro sufrido a lo largo de décadas de subinversión y mala administración. El estado no podía seguir poniendo plata en ellas porque carecía de fondos incluso para otras tareas más elementales, para sus gastos corrientes.
En abstracto, en teoría, resulta muy fácil decir que no hay ningún motivo como para que una empresa pública resulte más ineficiente que una privada. Pero en la práctica, con los resultados a la vista, en la Argentina hemos tenido una experiencia deplorable. Y esto ha sucedido con los gobiernos de todo color político: radicales, peronistas, militares, liberales.
¿Acaso nadie recuerda los tiempos en que conseguir un teléfono significaba décadas de espera? Los departamentos, cuya venta se anunciaba “con teléfono” se vendían a un 25% más que el que carecía de ese preciado servicio. Tal era la escasez del servicio, algo que hoy parece desopilante.

Ya en los tiempos de Raúl Alfonsín, el entonces ministro de Obras Públicas Rodolfo Terragno, había dicho que el estado argentino, en la situación que estaba, no servía “ni para hacer estatismo”. Y trató de impulsar una serie de propuestas que permitieran salir del pantano: el Plan Houston para el petróleo, la asociación con SAS para el caso de Aerolíneas. Sus propuestas fueron rechazadas con energía por el peronismo. Fue Eduardo Menem el más enérgico opositor a cualquier intento de privatización.

Las privatizaciones son el cargo más duro que se hace contra el gobierno de Carlos Menem. Kirchner lo hace de un modo extemporáneo pues él fue uno de los que más fervientemente apoyaron la medida. Ahora, con otra situación económica, se piensa que lo mejor que puede hacerse es volver algunas empresas al estado, en nombre del nacionalismo y el amor a la patria.

Es probable que, con estas empresas, recorramos el mismo circuito que con las anteriores: las estatizamos, luego el estado deja de invertir en ellas en el nivel necesario, esa desinversión trae ineficiencia y luego alguien se anima nuevamente a privatizarlas porque ya no pueden sostenerse.

Uno puede preguntarse: ¿sin empresas públicas no hay nacionalismo posible? Tenemos a la vista el caso de Embraer, la empresa brasileña que fabrica aviones y que se ha transformado en la tercera o cuarta del mundo en su rubro. Si comparamos su evolución con nuestra Fábrica Militar de Aviones, el resultado es deplorable. Embraer fue privatizada en 1994. Su capital y conducción fue cedida a tres grupos de empresarios nacionales y a un grupo extranjero. El estado se reservó una simbólica acción dorada. Pero el estado brasileño participa activamente y colabora estrechamente con los empresarios en el desarrollo de la empresa.

En nuestro caso, todavía estamos llorando la desaparición del Rastrojero Diesel pero hemos sido totalmente incapaces de continuar con el desarrollo que ya estaba encaminado en 1955. La formidable fábrica de motos y utilitarios livianos se fue desplomando a lo largo de los años por falta de política, de inversión, de respaldo. Y también por una dinámica propia de las empresas del estado: una burocratización y adormecimiento que no hemos podido superar en décadas.

Los años de Carlos Menem
Para algunos críticos de Ramos pareciera que hacia 1989, cuando asumió Carlos Menem la presidencia de la Nación, el país era un vergel, estaba en el camino del desarrollo sostenido. Fue entonces que llegó Menem y destruyó una obra de décadas.
Sin embargo, la realidad es muy distinta: veníamos de un gobierno que no logró finalizar su mandato presidencial en razón del estallido popular y el desmadre calamitoso de la economía. Antes de eso, los años del Proceso, con su secuela de sangre y crisis industrial. Más atrás, los breves años de Perón e Isabel, ambos presidentes hostigados por el terrorismo y las Fuerzas Armadas. Y más atrás aún, la secuencia de gobiernos proscriptivos y erráticos que partían desde el derrocamiento de Perón en 1955.

En esos casi 35 años el país no encontró un rumbo claro, salvo en algunos aspectos puntuales, como es el desarrollo y dominio de la tecnología nuclear, mérito de nuestros científicos y también del mantenimiento, como política de estado, de un objetivo claro en el sector.

La inflación devoraba los ingresos fijos cotidianamente, la pobreza había crecido a niveles espantosos, el país carecía de reservas y el estado –muy lejos de ser fuerte, como ahora se pretende- carecía de la posibilidad de poner orden en la economía. El estado poseía muchas empresas públicas que eran administradas de un modo pésimo y que estaban a merced de los negocios privados. Un estado “grande” no era necesariamente un estado fuerte. El que tenía la Argentina de aquellos años era incapaz de controlar las más elementales variables de le economía. Los últimos meses de Alfonsín fueron una muestra concreta de esta debilidad extrema del estado nacional.

Reordenar la economía, suponía en primer lugar, para la inflación. Y esto se logró recién a partir de marzo de 1991 con el Plan de Convertibilidad, que estableció la estabilidad durante 10 años. Esto significó, en lo inmediato, un boom de consumo: el país pasó de fabricar 90.000 autos por año a 400.000, los sectores de menores ingresos accedieron a electrodomésticos que antes eran muy difíciles de adquirir. La estabilidad también posibilitó el renacimiento del crédito y el acceso a una financiación larga para la adquisición de viviendas.

La casi totalidad de los críticos de Ramos (y de Menem) evaden el análisis concreto de las cifras de esos años. Prefieren ejercer una crítica genérica, con frases preñadas de alusiones al imperialismo, a la entrega del patrimonio nacional, pero nada dicen de los resultados económicos concretos de esos años. Estos resultados fueron tan indiscutibles hasta la crisis de 2001 que ambos candidatos a presidente en las elecciones de 1999 hicieron sus campañas sobre la base de la continuidad del plan de convertibilidad. El candidato a la vice presidencia por la fórmula triunfante confesó que se había arrepentido de no haber votado en el parlamento el conjunto de leyes que reformaron el estado nacional durante el gobierno de Carlos Menem. Dejamos para un trabajo posterior la realización de un recorrido por los textos de economistas variados, escritos durante los años de oro de la convertibilidad, en su mayoría laudatorios o bien suavemente críticos, en aspectos secundarios. Luego del estallido del 2001 todos se volvieron contra Menem y Cavallo, haciéndolos responsables de la crisis.

El Producto Bruto creció el 50% en esos diez años. Y la industria, un porcentaje similar. Estos datos son omitidos en los análisis, no son tenidos en cuenta, ni son explicados o refutados. Simplemente se los trata con distracción, con desdén. Les resulta difícil aceptar que Argentina haya crecido a lo largo de una década y que este crecimiento haya sido logrado con un programa económico distante, en varios aspectos relevantes, de los esquemas del nacionalismo económico tradicional. Puestos a elegir entre las evidencias de la realidad y la fidelidad a sus antiguas ideas que reclaman una revisión, los críticos de Ramos optaron por aferrarse a los viejos principios y rechazar lo que sus ojos le mostraban. Insistimos: ese rechazo no supuso un estudio ni una elaboración, aunque sea ratificatoria, de las posiciones tradicionales. No: ningún análisis ha sido publicado que aborde con detalle y realismo la política y la economía de esos años. Lo que ha abundado, en cambio, es el atrincheramiento en las antiguas posiciones como un refugio ante el vendaval de las nuevas realidades y los inevitables trastocamientos que ocasionaba.

Es cierto que muchas de estas medidas son contrarias a lo que Ramos y su partido sostuvieron a lo largo de décadas. El planteo económico que realizábamos siempre repetía el esquema del nacionalismo de la posguerra. Pero Ramos fue el primero que tomó nota de que las cosas habían cambiado en la Argentina. Ya nuestros enfoques no se correspondían con la realidad.

Ramos apoyó a Menem conociendo todas y cada una de las medidas que Menem había tomado: las privatizaciones, las desregulaciones, la apertura de la economía. Con muchas objeciones pero las apoyó. Claro que uno puede discrepar con este punto de vista y decir que Ramos estuvo equivocado al hacer lo que hizo. Pero lo que no se puede es refutar estas posiciones con frases generales y sin explicar detalladamente los motivos concretos de la discrepancia, analizando con datos concretos la realidad política y económica del ese momento.

Un hecho que se omite puntillosamente es que Carlos Menem fue uno de los mayores impulsores del MERCOSUR. El paso más colosal que se haya dado en la construcción de un núcleo que puede irradiar la unidad de Sudamérica, fue concretado durante el gobierno de Carlos Menem. Fue durante esos años que Brasil sustituyó a los Estados Unidos en el primer lugar de nuestros flujos de comercio exterior. La alianza comercial y política con Brasil se fortaleció en forma impresionante durante el gobierno de Menem, por su iniciativa. El gobierno que presuntamente se entrega al imperialismo fue el que dio el paso más importante en la construcción de una alianza política y comercial que, con los años, puede permitir que Sudamérica le dispute a los EE UU su hegemonía en el continente.

No podemos hacernos los distraídos en esto. No podemos adjudicárselo a la casualidad. Debemos incluirlo en nuestros análisis de esos años. Salvo que pensemos que el MERCOSUR carece de importancia, salvo que creamos que el MERCOSUR no debe ser respaldado con toda nuestra fuerza y entusiasmo.

Ramos escribió muy poco sobre estos años de Menem. Pero dejó algunos discursos con indicios acerca de su pensamiento y de sus cambios en los puntos de vista que sostuvo antes. No fue esa la primera vez que Ramos modificó sus posiciones. Lo hizo varias veces a lo largo de toda su vida, como ya lo hemos relatado. Él era un político y sabía que la realidad social se modificaba en forma permanente, y que las ideas debían ser ajustadas –alrededor de objetivos estratégicos sólidos y consistentes- conforme a los datos y señales que surgían de la realidad política. Y ha dejado viudas ideológicas en cada una de esas etapas.

Por eso, lo que menos puede hacerse es tratarlo condescendientemente, como si de pronto hubiese sufrido un ataque de locura senil o bien como si hubiese abandonado su trayectoria en defensa del interés nacional. En tal sentido, “perdonarle” sus presuntos deslices constituye una actitud carente de valentía política. Lo que se espera de sus críticos es una respuesta consistente, elaborada, esforzada, que incluya en el análisis algunos de los datos irrefutables de la economía de ese tiempo. El llanto nostálgico y la queja por la presunta “entrega del patrimonio nacional” no agregan casi nada a un debate que todavía está pendiente entre los que, de un modo u otro, fuimos discípulos políticos de Jorge Abelardo Ramos.

La política y la doctrina
En cado uno de sus discursos, sobre todo en los tiempos en que gobernó Carlos Menem, Ramos insistió una y otra vez acerca de la diferencia entre los políticos y los doctrinarios. Se le reprochaba haber abandonado ideas que sostuvo en otros momentos. Unos, le demandaban por su pasado marxista. Otros porque ya tampoco sostenía los puntos de vista del nacionalismo clásico de 1945.

En octubre de 1990, en un discurso partidario, Ramos dijo:

“El compañero Cangiano cita una frase o concepto mío publicado creo que en marzo de 1946. Trata de contraponerlo con opiniones que yo tuve luego. Esto es inevitable. La característica de los políticos es que se contradicen, o que se rectifican. De otro modo serían doctrinarios inmóviles, vástagos de Parménides”.

Y sigue:

“Tengo la impresión de que estamos, con diversos matices, en presencia de dos criterios: uno de doctrinarios y uno de políticos. A su vez, entre los que llamaría doctrinarios, se distinguen dos puntos de vista: uno categóricamente opuesto a este gobierno, propone que nos vayamos de los cargos que ocupamos y abramos fuego sobre el oficialismo. Hay un error inicial. Fuimos actores y colaboradores del triunfo. Nadie nos ha dado nada.”

Y redondea:

“Cuando tenía algo así como 15 o 16 años, Marx le escribió una carta al padre desde el lugar donde estaba estudiando. Y, como buen niño prodigio que era, siempre estaba dispuesto atirar sobre la mesa una idea sugerente. Le dijo al padre algo así como que se había propuesto ‘resistirse al embrujo, al encanto del dominio de las ideas abtractas’. Nosotros tenemos que resistir a ese encanto de las ideas abstractas”.

En varias ocasiones hemos escuchado a Ramos fastidiarse cuando era señalado como un “intelectual”. “Nosotros somos políticos”, enfatizaba. En tal sentido, varias veces lo hemos visto resistir la comparación entre su partido y el grupo FORJA, con el que establecía también esa diferencia.
Por supuesto que no hemos de desdeñar la importancia del buceo en la Historia en la comprensión del presente. Nos hemos cansado de reproducir el texto cervantino:

“… y debiendo ser los historiadores puntuales verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

La Historia, el estudio de los hechos del pasado, su secuencia, su imbricación, el descubrimiento de sus hilos conductores, es un instrumento precioso para comprender y desentrañar el presente y vislumbrar los años que vendrán. Pero para un político, la historia se construye a partir del presente. Buscamos en el pasado –consciente o inconscientemente- aquellos hechos que convienen a nuestra visión actual, que creemos acertada. El interés del político por la historia dista de ser arqueológico; es instrumental. La preocupación del político es la conquista de voluntades para la transformación de su país, no la “verdad histórica”, inasible abstracción de dudosa existencia.

No estamos, claro está, predicando la amnesia histórica. Pero tampoco aceptamos que exista un surco predeterminado por el cual deban transcurrir los acontecimientos por una suerte de determinación proveniente desde el fondo de los años. Un mandato atávico que nos va señalando cada uno de los pasos que debemos dar en la política actual.

Políticos e historiadores y doctrinarios se mueven en mundos distintos. Unos intentan domar el brioso potro de la realidad social cotidiana, los otros apenas se atreven a montar un matungo embalsamado y apolillado. Los historiadores podrán reprochar a los políticos que su intromisión en la historia carece de rigor científico. Los políticos les podrán responder que las reglas del presente difícilmente puedan estar señaladas con precisión desde hace décadas.

Pero hay algo más: muchos de los doctrinarios que le reclaman a Ramos por el abandono –que efectivamente existió- de las propuestas políticas del 45 y la aceptación de las políticas económicas de Menem (privatizaciones, liberalización, etc.), jamás se han preocupado por estudiar los nuevos datos de la realidad que han ocurrido a lo largo de estos años.

Vienen marchando desde hace décadas con un esquema ideológico elaborado en la posguerra. Lo repiten una y otra vez, de mil maneras, generalmente en voz alta y con gestos inyectados de patriotismo. Están enamorados del nacionalismo clásico de Perón, en su versión 1945. Pero nada han hecho para valorar si aquellas propuestas no han sido horadadas por el paso de los años, si resultan válidas 60 años después.

Todo aquello que se aparta del esquema del ’45 es considerado una herejía y los que lo sostienen, son traidores a la patria, sicarios entregados al imperialismo. Pero no se ha realizado ningún intento de actualización de los viejos esquemas ideológicos. Algunos de los que critican el apoyo de Ramos a Menem se opusieron al MERCOSUR en el momento en que el acuerdo fundacional fue firmado. Luego, claro está, corrigieron su posición. Pero aún hoy hablan de Brasil como un país imperialista.

Miremos hacia adelante
Las ideas no sobreviven indemnes al acoso y las ráfagas de Cronos. Toda la vida política de Ramos ha sido un intento de mantener un núcleo central de pensamiento y adecuar el discurso, las tácticas y, sobre todo, la acción a las circunstancias políticas de cada momento histórico.

Aún con errores, muchos de los que hemos adoptado y continuado los puntos de vista de Ramos, hacemos el intento –equivocados o no- de luchar por una Patria donde cada argentino pueda vivir dignamente y en felicidad, en el marco de una América del Sur unida.

Algunos textos desafortunados –y también irresponsables- pretenden que a quienes estuvimos de acuerdo y apoyamos el camino que señaló Ramos en aquellos años, nos movían intereses materiales menores o bien habíamos sido ganados por la desmoralización.

Somos muchos los que, con varios años más, continuamos en la lucha política y tratamos de explicar que es preciso revisar algunos de los puntos de vista que hemos sostenido a lo largo de muchos años. Somos conscientes de que esta no es una tarea sencilla. Cambiar algunos puntos de vista, enfoques, diagnósticos sobre los que hemos descansado durante décadas resulta, cuanto menos, fastidioso.

Pero la realidad nos va mostrando que, como decía la antropóloga Margaret Mead, a veces, “cuando ya teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. Conviene también recordar un lema de Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, que hemos repetido durante muchos años: “O inventamos, o erramos”.

La realidad social es cambiante y las ideas no pueden ignorar esos cambios. En 60 años la realidad social, política y económica de Argentina y América del Sur se ha modificado en forma sustancial y quizá todos nosotros no hayamos tomado debida y completa nota. Repetir los esquemas enmohecidos que nos legaron hombres como Jauretche, Perón, Ramos y Spilimbergo entre otros grandes pensadores y políticos argentinos, sin revisarlos y despojarlos del inevitable moho que les adosa el tiempo, es un flaco favor que le podemos hacer a las generaciones venideras. Pronunciar frases altisonantes pero vacías en sus contenidos, es –como también decíamos- dibujar planos falsos para los navegantes.

Estas notas, que pretendemos ampliar en un trabajo futuro, también tienen la pretensión de participar de un debate que nos debemos: el análisis concreto, sin prejuicios ideológicos ni fraseología genérica acerca de los años noventa. Del lado de quienes hemos respaldado y participado del apoyo de Jorge Abelardo Ramos a Carlos Menem, estamos dispuestos a dar ese debate.

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