La incorporación al peronismo

Por Jorge Abelardo Ramos

Eramos muy jóvenes en 1945 cuando las jornadas de octubre. Estuve esa tarde en la Plaza de Mayo. Escuché al coronel y presencié el estremecedor espectáculo de la multitud. Hasta ese momento nuestro pequeño grupo de jóvenes se consideraba marxista antiestalinista. Pero detestábamos también a la partidocracia argentina, que deseaba empujarnos a la Segunda Guerra Mundial para derramar la sangre en Normandía en honor de los ingleses y franceses. Y así como el Ejército de Perón se oponía a la guerra y era neutralista, nosotros, en apariencia tan lejos de las Fuerzas Armadas, coincidíamos sin saberlo con ellos y con los hombres de Forja y Jauretche, que publicaba carteles con la consigna “los argentinos queremos morir aquí”.
El 17 de octubre, al enfrentar a los partidos sostenedores de la guerra, antinazis de postura, en realidad pro anglo, yanquis y rusos, de algún modo nos reunió a todos en defensa de la patria. Esa gran confusión fue iluminada de pronto por una deslumbrante claridad. Se constituyeron grandes bloques: el de la Unión Democrática, integrada por conservadores, comunistas, radicales, socialistas cipayos y grupos menores, que acusaban a Perón de fascista, identificándolo con los agotados símbolos totalitarios de la decadente Europa. Del otro lado se integró un Frente Nacional. Formaban parte de el socialistas nacionales como Borlenghi o Bramuglia, radicales yrigoyenistas , nacionalistas clásicos, personalidades descollantes como Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Armando Antille, Ricardo Guardo y miles de argentinos olvidados y aplastados durante la década infame. En cambio nosotros quedamos al margen. Solo escribimos un periódico (“Lucha Obrera”, dirigido por un gran pensador desconocido, Aurelio Narvaja) y una revista llamada “Octubre”, donde explicábamos el sentido de los acontecimientos. Nos colocábamos del lado de Perón, con la retórica del “apoyo critico”. Y después nos dedicamos a estudiar historia y economía argentina. Sostuvimos de afuera a Perón en sus diez años de gobierno. Cuando estaba por caer salimos a defenderlo con los socialistas nacionales de Juan Unamuno, Enrique Dickman, Carlos María Bravo, Jorge Spilimbergo, Manuel Carpio (fundador de la UOM). Creamos la expresión “Izquierda Nacional” para diferenciarnos de la izquierda cipaya, de espaldas al país, aplaudidora de los fusilamientos de 1955 y sostenedora de todas las dictaduras antipopulares desde Aramburu hasta Videla. Pero no podíamos seguir de puros historiadores y doctrinarios. Resolvimos fundar el FIP primero y luego el MPL. Cuando nos dimos cuenta estábamos metidos hasta la cabeza en alianzas con el peronismo.
Cuando visité a Perón en 1968 en España, me insistía en que me afiliara al justicialismo o el se afiliaría, decía con el toque de humor socarrón que le era propio, a la izquierda nacional. En una carta del 70 me decía que se contaba orgullosamente en las filas de la izquierda nacional. Era un mensaje a un Congreso de nuestro movimiento. Por su parte, Perón no dejaba de afirmar en sus últimos tiempos que el peronismo o justicialismo tenía mucho de “socialismo nacional”, esto es, nada que ver con el marxismo de ninguna escuela, sino con una aspiración general de los pueblos del Tercer Mundo para una sociedad mas justa, equitativa y soberana, librada de la tutela material y espiritual de las grandes potencias. De modo que con los peronistas éramos algo así como primos hermanos.
Cuando nuestros estudiantes ganaron en 1970 la dirección de la tristemente célebre FUA, por primera vez en el movimiento estudiantil salió a la luz el nombre de Perón como el gran patriota exiliado. Luego, para las elecciones del 23 de septiembre de 1973 , Perón acepto que concurriéramos a esos comicios con boleta propia, a diferencia de la boleta del Frejuli y aportamos 900.000 votos al gran triunfo de su tercera presidencia.

CLANDESTINIDAD


Luego, sin cargos en su gobierno, fuimos a la clandestinidad con Videla (desaparecieron diez compañeros, centenares sufrieron cárcel, el dirigente catamarqueño Simón Gomes padeció cinco años de prisión).
Y a los peronistas les iba peor. El propio Menem estuvo preso cinco años. Pues resulta que ahora Menem ha traicionado a Perón, dicen algunos, y lo dicen no pocos hombres sinceros, además de las víctimas de cierta prensa ponzoñosa que merecería ser publicada en ingles. Para entender la proeza de Menem en el gobierno es necesario recordar a los que no vivieron la época, o han perdido la memoria, o no tienen el vicio de leer, lo siguiente: cuando Perón participa en la junta militar del cuatro de junio, la Argentina estaba saliendo rica de una guerra en la que no había participado. Las exportaciones no pagadas dejaron al país con respecto a Inglaterra un saldo favorable equivalente a unos cuarenta y cinco mil millones de hoy. Perón era el respetado y admirado jefe de un gran ejército patriótico. La clase obrera se había desarrollado de tal modo que los índices de ocupación eran los mas altos en la historia de la industria. Las cosechas europeas, aniquiladas por las guerras genocidas de la “civilización”, estaban destruidas. Los precios de nuestros productos agrarios eran muy altos. El optimismo nacional y los recursos nunca habían rayado tan alto. La contrarrevolución de 1955 destruyó ese optimismo y ese impulso a lo largo de cuarenta años. Menem se enfrentó al mundo ya no como acreedor sino como deudor. Las empresas estatales estaban arruinadas. Nadie pagaba impuestos. Los empleados públicos y los jubilados cobraban con papeles devaluados, impresos en rotativas. La inflación esquizofrénica destruía todo. Menem, asistido por un técnico de competencia excepcional, el doctor Cavallo, enfrentó la situación con entereza y suprimió la especulación financiera, estabilizo el valor del peso, cobró impuestos y creó recursos genuinos. Firmó el tratado del MERCOSUR (el acontecimiento más grande desde las guerras de San Martín y Bolívar con España, en ruta hacia la Confederación de Repúblicas del Sur) y levantó un monumento a la gesta de Malvinas.
Rediseñó, en medio de enormes dificultades, aquel gran país moderno que Perón había comenzado a construir. Ahora, el sistema mundial y local afectados, y sobre todo el concepto político cultural heredado de Europa y de Sarmiento, de que pobres, criollos, mestizos y provincianos no deben gobernar, se han puesto en movimiento para que Menem y el peronismo no asuman nuevamente el poder en 1995. Por eso y para que triunfe Menem, hemos resuelto dejar de ser aliados del peronismo e incorporarnos al gran ejército civil del 45, a fin de contribuir como simples soldados a la batalla decisiva que garantice el triunfo del presidente de la Nación.

Edición especial Patria Grande

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