AMERICA EN LA ENCRUCIJADA

Un Editorial de Descartes Ha Tenido Amplia Resonancia en Europa

Por VICTOR ALMAGRO

EXCLUSIVO

PARIS – El editorial firmado por Descartes, publicado en DEMOCRACIA el 20 de diciembre, ha suscitado en todos los círculos latinoamericanos de Paris y en los núcleos más alertas (no son muchos) de la ONU, considerable interés. En ese artículo, cuya difusión y meditación seria obvio recomendar, se plantea por primera vez en la prensa argentina y latinoamericana un problema de proyecciones históricas que ya discuten con sintomática pasión, intelectuales, políticos, estadistas y pueblos.

            París sintió resonar las palabras de Descartes. Para una época en que la noción de lo “histórico” ha sido tan desmonetizada, las ideas contenidas en dicho trabajo devuelven a la palabra su real contenido.  Pareciera que la tesis de Descartes hubiera cristalizado en una rotunda fórmula de vagas ideas, obscurecidas por tantos años de propaganda imperialista, que el latinoamericano medio alimentaba confusamente.

            La formación de una Confederación Sudamericana, que arrancará de un agrupamiento regional de los Estados del Sur, posee tal riqueza de posibilidades económicas y políticas que no será posible en una simple nota sino aludirlas.

“El arte de lo posible”

            Bismarck gustaba definir a la política como al “arte de lo posible”.  Corresponde al político señalar el momento preciso en que la realidad asimila y expresa un sistema de ideas determinado.  La unión de los Estados Latinoamericanos “arranca del precursor de la independencia continental, don Francisco de Miranda, que había soñado en un inmenso Imperio Colombino, coronado por algún descendiente de los Incas.  Su inmediato discípulo Simón Bolívar continuó en el teatro de las armas esa concepción política, fracasando en la tarea no sólo por la dispersión y el atraso de las provincias de Virreynatos, sino por la acción balcanizadora de las emancipadas colonias.  El Congreso de Panamá fue patético testimonio de su aspiración y fracaso.

            Cuando el general San Martín partía hacia Chile para librar sus batallas definitivas, las instrucciones de Pueyrredón estipulaban la necesidad de realizar conversaciones para obtener la fundación de una “Confederación Sudamericana”.  Bernardo Monteagudo, secretario de San Martin y consejero político de Bolívar, había escrito un estudio sobre el mismo tema.  El coronel Dorrego no ocultaba igualmente su visión de un vasto sistema de Estados latinoamericanos confederados.

            Se trataba no sólo de hacer frente a todas las alianzas europeas o norteamericanas (escudadas en la Doctrina Monroe o en el mito de las soberanías de bolsillo), sino ante todo de echar las bases de un gran Estado de importancia mundial.

Sudamérica en dispersión

            Estas ambiciones de enorme alcance concluyeron en un dramático derrumbe. La segunda mitad del siglo XIX (ese siglo que, como dice Descartes, fue la época de la formación de las nacionalidades) fue testigo de la frustración de una gran nación latinoamericana o sudamericana. Surgieron en cambio veinte Estados, revestidos de mayor o menor fuerza y estabilidad, que a duras penas lograron mantener su soberanía política y su independencia económica.  Algunos de ellos fueron, y en cierta medida continúan siéndolo, simples protectorados económicos de las grandes potencias, bajo la cobertura de una ficción jurídica que los designaba como “Estados soberanos”.  Así se vieron envueltos no sólo en guerras extracontinentales, arrastrados por sus poderosos protectores, sino que en tiempos de paz estuvieron expuestos a las oscilaciones periódicas de la economía imperialista.

            Esta dependencia había herido el desarrollo económico propio, convirtiendo a cada Estado latinoamericano en un protector unilateral de materias primas (café, trigo, carne, caucho, cobre, salitre, bananos, petróleo, estaño, algodón), cuya función tributaria de las potencias compradoras aniquilaba de antemano todo arresto de autonomía política efectiva.  En este proceso de dispersión continental nacieron algunos “Estados-tapones”, y también a fines de siglo, una colonia de habla castellana, Puerto Rico.  Los Estados más fuertes, a ejemplo de México, Brasil, Chile y la Argentina, sufrieron asimismo la presión, el chantaje y la intimidación de los grupos imperialistas, que llegaron en algunas ocasiones a una plena intervención armada, o a elaborar planes en el aire, en otras.  Pero la segunda guerra mundial, que no ha concluido sino cambiado de frente, originó poderosos movimientos nacionales en todo el continente.  Testimonio de su fuerza ideológica son las ideas expuestas por Descartes en el artículo del 20 de diciembre, que marca otro jalón en la toma de conciencia de los pueblos latinoamericanos.

El ABC, punto de arranque

            “Ni Argentina, ni Brasil, ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza.  Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna.  Así podrían indicar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifásica con inicial impulso indetenible”.  Estas palabras de Descartes sitúan el eje político del primer paso.  Es una idea que entra plenamente en la realidad objetiva de nuestros países, cuya integración económica los convertiría en la plataforma indispensable para una poderosa federación continental ulterior.

La hora de América Latina

            El desplazamiento de las relaciones de poder entre grandes potencias imperialistas ha originado una nueva situación para nuestro continente sur.  La nación imperialista clásica, que controlara virtualmente grandes sectores de la economía y la política latinoamericanas fue Gran Bretaña.  Su poder mundial se ha hundido en el pasado, sobre todo en América Latina, en Asia y en ciertas partes de Medio Oriente.  La declinación británica permitió al imperialismo norteamericano realizar la tentativa de recoger la herencia imperial en su propio beneficio.  Desde el siglo pasado Estados Unidos consideraba a los Estados de Centro y Sudamérica como su dominio natural, fuente de materias primas y reserva estratégica.  La posición predominante conquistada por esa nación en la política internacional y la perspectiva de una próxima guerra, arrastraría a nuestros países en la siniestra marcha bélica.  Otro rugiente imperialismo, nacido en Moscú, y avanzando misteriosamente, amenaza con “salvarnos” del otro.

            Pero la hora de América Latina ha sonado.  El baqueano de nuestras llanuras intuyó que más tarde o más temprano, las cosas llegan: “El tiempo no es más que tardanza de lo que está por venir”. Ciento cuarenta millones de latinoamericanos deben elegir.  Descartes ha llamado a la realidad a los estadistas y éstos han recibido la deslumbrante verdad como una pedrada.  No la esperaban. La comentan.  La niegan.  La aplauden.  Entonces… ¡existe!  Mientras tanto el destino está aguardando a los pueblos que Descartes despertó con su voz de profeta.

Artículo Publicado en el Diario Democracia

Edición del lunes 7 de enero de 1952. Pág. 1

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